Los faltantes de productos son el resultado de una situación muy compleja vinculado a los precios. Las firmas productoras han ganado velocidad a la hora de modificar sus listas y lo hacen cada vez más rápido. En los supermercados pero, sobre todo, en comercios de cercanía, almacenes, etc., faltan productos.

Alimentos, artimañas y desabastecimiento: quién gana y quién paga

Por Julián Guarino

La discusión por los faltantes de alimentos despierta opiniones curiosas. Analistas, comunicadores y hasta líneas editoriales de los grandes medios periodísticos han señalado esta mañana que al Gobierno se le ha ocurrido la extraña, “vetusta”, “insólita” idea de “amenazar” con aplicar la ley de abastecimiento. Han señalado incluso que la Casa Rosada “aprieta a la derecha”. Mientras los principales países del planeta ordenan rápidamente su economía para afrontar un potencial desabastecimiento global, estas voces autorizadas proponen, curiosamente, no hacer nada. Esas mismas plumas autorizadas apuntan a hacer a un costado a quien tiene la responsabilidad de velar por la seguridad alimentaria de la población: el Estado.

Algunos medios periodísticos se vacían en metáforas y, por ejemplo, señalan que aplicar la ley de abastecimiento para garantizar un mínimo de bienes en góndola es como “asustar a Frankenstein”, es decir, un contrasentido. Por supuesto, a pesar de apelar sistemáticamente a que “en el exterior” las cosas se hacen de otra manera, precisamente en este tema, lo que ocurre en el mundo, no les interesa, porque, casualidad, lo que tiene lugar demostraría que en la Argentina el Gobierno va más lento que sus pares de otras naciones.

Los gobiernos, aquellos que velan por el bienestar de su población, ostentan una responsabilidad. La seguridad alimentaria es hoy una prioridad, mal que les pese a los que buscan desinformar y aprovechar cualquier circunstancia para atentar contra las pocas herramientas que ha puesto en marcha la Casa Rosada.

Los faltantes de productos son el resultado de una situación muy compleja vinculado a los precios. Las firmas productoras han ganado velocidad a la hora de modificar sus listas y lo hacen cada vez más rápido. En los supermercados pero, sobre todo, en comercios de cercanía, almacenes, etc., faltan productos.

Si bien esto ya sucedía en pandemia al angostarse las cadenas de abastecimiento y producción ligadas a la oferta, ahora se agregan otros factores. La política de suba de tasas por parte de los principales bancos centrales del mundo se da en un contexto donde países que no registraban inflación hoy tienen proyecciones de hasta el 10% anual en esa materia. La pelea para desplazar al dólar como moneda de referencia global, también mete la cola.

Pero sin embargo uno de los elementos básicos a considerar es el efecto que ha generado la guerra en Ucrania. Han escalado los precios de la energía, pero también las materias primas, con incrementos de hasta el 60% en el trigo. Las subas en el maíz, girasol, donde Rusia y Ucrania también son protagonistas globales, tampoco han sido menores. La soja proyecta una suba que podría ubicarse por encima de los u$s 700 la tonelada. La carne y sus sustitutos, le leche en polvo, todo parece adoptar un nuevo nivel, ya sea por una menor proyección de la oferta, como por un aumento en la energía o insumos.

En el plano local, los aceites, las harinas, el café, la yerba mate (por incendios y sequía), los lácteos, todos son productos que registran fuertes subas en este momento en nuestro país. Fideos, pan lactal, masa para tartas y empanadas, galletitas, han escalado al menos un 15% en la última semana. Algunos productos hasta han tenido remarcaciones del 25% en los últimos 15 días. Imposible afrontar semejantes incrementos. ¿Qué hacer?

El delicado escenario, donde la inflación se acelera en forma semanal, parece haber cedido lugar a prácticas que los argentinos conocemos de otras circunstancias, pero que curiosamente, ningún medio apela a denominarlas “vetustas” o “injustas”. Por ejemplo, empresas que han decidido, para apreciar el valor de sus respectivos stocks, frenar la comercialización, lo que genera desabastecimiento. O aquellas que envían sus productos a la góndola con la condición de que se acepte una factura a realizarse en el último minuto y a precio del día, lo que hace inviable la comercialización. Por supuesto no son todos, afortunadamente.

Como los precios se mueven de una manera veloz, los productores de esos alimentos deciden bajar la incertidumbre frenando su actividad. Les representa mayor beneficio no hacer nada, que corresponder a la demanda. Capitalizan su lugar en la sociedad y, de paso, tienen una carta en la manga para negociar con el Gobierno. Eso, en caso que el Gobierno decida sentarlos en una mesa de diálogo, que es precisamente lo que debe hacerse en esta circunstancia. Ayuda a bajar la incertidumbre, tanto para la sociedad como también para el productor. En el sector señalan que muchas veces no tienen el precio de reposición y por eso no venden.

Las medidas que ha tomado el Gobierno en las últimas horas parecieran redoblar la intensidad en pos de comenzar a cosechar algunas acciones que permitan acotar la anomalía. No es bueno quedarse atrás cuando se trata de la seguridad alimentaria de la población. A los planes de precios máximos y las mesas de diálogo, el Gobierno ha sumado varios fideicomisos que permiten subsidiar la producción. La suba de las retenciones constituye, en este contexto, una de las respuestas acertadas, que podría continuar. No es lo ideal, pero el momento es inédito y singular, las mismas características que le cabían a la pandemia, todavía vigente.

JIM